lunes, 19 de enero de 2015

Las caras largas se apoderaron de la ciudad



“Si paseas por Londres solo veras pesimismo…”, decía el director de Trash (Ladrones de esperanza), Stephen Daldry. Nada más lejos de la realidad. Sus calles se agolpan de gente cabizbaja envuelta en grandes chaquetones donde ocultar el frío de la intemperie.

Su metro a medianoche pone cara al ritmo de la ciudad, personas con el rostro desencajado que no saben que postura tomar en el subsuelo y que al llegar a casa darán varias vueltas en su colchón antes de quedarse dormidos. Vivir se transformó en un trabajar, comer, follar y dormir, sin más. Quizá eso sea vivir dirán aquellos que lo hayan mamado desde pequeños.

No hay londinenses, solo ciudadanos que la habitan. Los ingleses hace tiempo que dieron por perdida la capital de Inglaterra, ahora son los grandes negocios y el turismo los que la gestionan e indios, rumanos, húngaros, italianos, españoles y un largo etcétera de nacionalidades los que mueven la ciudad. Aquí no acabaron los refugiados de guerra, pero si los de los malos gobiernos.

Con un nivel de vida muy caro en cuanto a enseres básicos, esta metrópoli solo permite vivirla a quien viene de turismo y no está oprimido por necesidades primarias de conservar lo poco que se tiene. Hacerse un hueco es una lucha muy larga y hacerlo de forma positiva aún más. Faltan sonrisas, falta alegría, falta optimismo, falta energía, Londres tiene mucho, pero el nihilismo se ha apoderado de sus habitantes.

En Londres faltan sueños por cumplir y las caras largas se apoderaron de la ciudad.

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